Hace algunas semanas estoy viviendo una situación de sobrecarga de trabajo, de compromisos que vivo con algo de agobio y me ocasionan dolores de cabeza, bastante malhumor y algunas noches con insomnio.

Paradójicamente, o no tanto, me encuentro últimamente con gente que relata, en primera persona, que atravesó un burn out, un pico de estrés, un pre infarto y muchas otras manifestaciones de problemas de salud ocasionados por la sobrecarga de trabajo.

El factor común entre estas personas es que subestimaron su resiliencia. Todos creían que la situación de sobrecarga era transitoria y que además ellos tenían el control. Las consecuencias de la sobrecarga recaen en la salud personal, en la felicidad o plenitud personal, en la calidad de las relaciones familiares y en la productividad laboral. Tal vez entonces debamos replantearnos la manera de organizar el tiempo de trabajo y, claro, el tiempo de ocio.

La resiliencia es la capacidad de los seres humanos para adaptarse positivamente a situaciones adversas. La palabra viene del término “resilio” que significa volver atrás de un salto, rebotar.

Los enfoques de trabajo que ponen el énfasis en la productividad nos enseñan cómo maximizar el rendimiento para ser personas súper productivas. Pero hay una variable que esos métodos no siempre consideran.

Cuando reflexionamos al finalizar el día, podríamos preguntarnos si este día tuvo sentido. La sola pregunta puede servir para revisar nuestras creencias acerca del trabajo y el impacto que tienen esas creencias en nuestra salud física, psíquica y social. Pero además de basarnos en la propia reflexión podemos aprender al relacionarnos con otras personas y su relación con su ocupación.

 

El lenguaje nos delata

Hay frases que son repetidas casi de manera inconsciente por quienes las usan frecuentemente, que muestran la manera de estar en el trabajo. Vaya para muestra solo algunos ejemplos.

Estoy a mil…

Hay personas que al encontrarlas y hacerle la simple pregunta ¿Cómo estás? nos responden “estoy a mil”. Pareciera que esas personas siempre están ocupadas. La creencia subyacente es que “estar en actividad es un valor en sí mismo” y una de las consecuencias de esta forma de operar es la superficialidad en las relaciones, al menos en las profesionales.

Si no estoy yo encima…

Otros creen que son la palanca que mueve al mundo. Sin ellos las cosas no suceden. No pueden ausentarse mucho tiempo sin que se presenten los problemas. Algunos podrían llaman a esta conducta micromanagement, pero detrás de este comportamiento hay una profunda desconfianza en las personas y, claro, además una buena cuota de soberbia. La creencia de fondo podría ser “la calidad soy yo” y la consecuencia es el rompimiento de la confianza hacia otras personas y a la larga de los demás hacia él o ella.

Parece que los demás van en cámara lenta

En este caso, la ansiedad marca el ritmo propio y el de los demás. Lo hago yo, lo hago más rápido y hago más. La creencia que sostiene esta forma de pensar es que “lo rápido es mejor que lo lento”. Las consecuencias en las relaciones son que se pierde el contacto con nosotros mismos y la empatía con los demás, que son indispensables para las relaciones sociales.

 

Resistencia vs Resiliencia

A menudo nos repetimos a nosotros mismos que para ser más productivos necesitamos esforzarnos más, necesitamos enfocarnos y aguantar las ganas de abandonar y relajarnos. A su vez, si sostenemos el esfuerzo y lo convertimos en un hábito, nos templaremos y tendremos más éxito.

Pero esta concepción es científicamente inexacta, ya que la falta de un momento de recuperación está obstaculizando nuestra capacidad para ser resistentes y exitosos.

La investigación médica encontró pruebas que demuestran que la falta de descanso se relaciona con los problemas de salud y el relajamiento del cuidado de la seguridad.

Sólo porque el trabajo se detiene, no significa que nos estamos recuperando. Frecuentemente interrumpimos el sueño con pensamientos acerca de los problemas de trabajo, hablamos del trabajo durante la cena o revisamos el celular durante la cena o en la cama. Estos comportamientos insanos nos mantienen conectados.

El término workaholic, significa adicto al trabajo y describe a aquellas personas que están demasiado preocupadas por el trabajo. Que son impulsados por una motivación laboral incontrolable, e invierten tanto tiempo y esfuerzo para trabajar que perjudican otras áreas importantes de su vida.

 

La clave, saber cuándo detenerse

Sacrificamos el sueño en nombre de la productividad. Irónicamente, nuestra pérdida de sueño, a pesar de las horas extra que pasamos en el trabajo, suma pérdida de productividad.

Es necesario que un período de trabajo esforzado siga con una pausa para recuperarse y luego volver al trabajo. Esta conclusión se basa en la biología. Es que el cerebro tiene la capacidad para restaurarse continuamente y mantener el equilibrio y el bienestar del sistema.

Cuanto más tiempo estemos concentrados trabajando duro, más tiempo necesitaremos para recuperarnos de esta sobrecarga psíquico-física, y así volver a los niveles máximos de energía productiva. El valor de un período de recuperación aumenta en proporción a la cantidad de trabajo que se requiere de nosotros. Pero la recuperación no ocurre naturalmente cuando dejamos de hacer una tarea.

Muchas veces experimentamos períodos de descanso en la que aunque durmamos ocho horas, al despertarnos de dormir, aún nos sentimos agotados. Descanso y recuperación no son lo mismo. Parar no es igual a recuperarse. El cerebro necesita un descanso tanto como lo necesita el cuerpo. Los expertos nos recomiendan hacer dos tipos de recuperación:

La recuperación interna son los períodos más cortos de relajación que tienen lugar dentro de la jornada laboral en forma de pausas programadas o no programadas. En ellos desplazamos la atención o cambiamos a otras tareas de trabajo cuando los recursos mentales o físicos requeridos para la tarea inicial se agotan.

La recuperación externa se refiere a acciones que tienen lugar fuera del trabajo. Por ejemplo, en el tiempo libre entre los días de trabajo, y durante los fines de semana, días festivos o vacaciones.

 

Desconexión de la tecnología

La conexión a las pantallas es otro factor a manejar. Particularmente el teléfono y las computadoras o tablets.
Para hacernos más conscientes del uso que les damos a las tabletas y teléfonos, las apps Moment para iOS o QualityTime para Android, ofrecen un contador de las veces que desbloqueamos el celular y la frecuencia de uso de las aplicaciones utilizadas.

Evitar hábitos insanos, como llevar la notebook o tablet a la cama y reemplazarla por un libro.
Para aquellas personas que sienten que no saben cómo controlar su adicción a seguir conectados, las apps Offtime o Unplugged son una ayuda para crear momentos libres de tecnología, mediante la programación del tiempo para la familia, para el trabajo o para uno mismo.

Otras acciones de recuperación estratégicas que podemos aplicar es tomar un descanso cognitivo cada 90 minutos para recargar las baterías. No almorzar en el escritorio. Cuando pasamos tiempo libre no hablar de trabajo.

Tan importante como desconectarnos es reconectarnos. Cuando conducimos en un vehículo con la guía de un GPS y nos desviamos de la ruta determinada por el aparato, escuchamos un mensaje característico: ¡Recalculando! En nuestro GPS humano el mensaje de advertencia más apropiado sería ¡Reconectando!, para avisarnos que estamos perdiendo calidad en la percepción de nuestras propias necesidades biológicas, psicológicas y sociales.

 

Aspectos en los cuáles necesitamos reconectarnos

Primero la reconexión con el cuerpo. Previo a una enfermedad por el estrés laboral, las personas experimentan síntomas. Dolores de espalda, contracturas, dolores de cabeza, taquicardia, etc. Son manifestaciones del cuerpo que nos avisan que hay algo que no está bien y que tenemos que parar. Escuchar a nuestro cuerpo es lo que hace la diferencia para actuar a tiempo y prevenir que el problema no escale y se salga de control.

La reconexión emocional. Cuando nos resistimos experimentar la angustia que nos provoca una situación. O si no advertimos que estamos irascibles y nos enojamos con personas que queremos. O bien cuando no nos permitirnos sentirnos frustrados por la autoexigencia. Las emociones son un termómetro ágil para detectar cuando el estrés está al límite.

La reconexión con los afectos. Las personas importantes en la vida de cada uno, la familia, las amistades. Tener tiempo para compartir, para hablar, para pedir ayuda cuando la necesitamos, para disfrutar, etc. Nuestros afectos son quienes nos energizan, nos brindan amor incondicional y apoyo irrestricto y nos respetan en nuestras flaquezas. ¿Pasamos suficiente tiempo de calidad con nuestros seres queridos?

Finalmente la reconexión espiritual. No se trata de ser religiosos, aunque aquellos que profesen una religión de forma activa probablemente tengan cubierta esta necesidad. La espiritualidad está relacionada a la autoconciencia de la trascendencia de nuestros pensamientos, nuestras palabras y actos. También con el respeto al prójimo y el respeto de la naturaleza.

El trabajo es una dimensión primordial de nuestra identidad y de nuestra vida. Pero cuando se vive el trabajo como algo alienante, se convierte en un yugo autoimpuesto. Porque una persona que vive desconectada de sí misma vive una vida vacía de sentido.

 

¿Y vos que pensás sobre este tema?

¿Cómo manejás la sobrecarga en tu trabajo? ¿Cómo te afecta esa sobrecarga en tu vida? ¿Cónsiderás que sos un workoholic? ¿Cómo está tu GPS personal? ¿Con qué necesitás reconectarte?

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