Cuando pienso retrospectivamente en algunos de mis objetivos profesionales y personales, no puedo dejar de recordar especialmente muchos de esos grandes objetivos que fueron quedando en el camino. Algunos llegué a ponerlos en acción, pero los obstáculos que se fueron presentando y la falta de determinación personal (excusas como «no tengo tiempo») me llevaron a abandonar. Otros ni siquiera los puse en marcha, debido a los problemas potenciales que podrían presentarse, o a la misma excusa del tiempo.

Todos esas grandes metas que abandoné, por falta de determinación, tienen un factor en común: todos ellos son de largo plazo. Y todos requieren, además de mucha determinación, un esfuerzo considerable para sostener la motivación que se requiere para alcanzarlos. Y aún cuando había considerado que eran importantes los dejé olvidados, por el paso del tiempo o porque los hábitos improductivos de mi vida cotidiana fueron más fuertes.

No estoy queriendo decir con esto que es en vano que te pongas objetivos, o que muchas personas que conozcas tengan una poderosa determinación para sostener las acciones que se requieren para alcanzarlos exitosamente. Pero sí afirmo que los grandes objetivos de largo plazo no son la única forma de hacer grandes transformaciones en nuestra vida y nuestra carrera profesional.

Ya sé que en este artículo estoy usando la palabra metas y objetivos como sinónimos, aunque en otro contexto podríamos diferenciarlos.

Problemas comunes para plantear objetivos

Uno de los motivadores fundamentales es superar algo y superarnos a nosotros mismos. Saber cómo ponerse objetivos es entonces una habilidad clave. Sin embargo en ocasiones los objetivos se vuelven un problema en sí mismo. Veamos algunos casos bastante comunes.

Un problema recurrente son los objetivos poco claros. La incertidumbre genera desconcierto, preocupaciones, angustia y estrés. Clarificar los objetivos facilita el diseño de acciones para alcanzarlos y mejora la motivación.

Cuando los objetivos son demasiado exigentes, lo que debiera impulsarnos se transforma en lo que nos frena y esto comúnmente lleva a la frustración. En este caso es prudente preguntarse ¿En base a qué parámetros está definido el nivel de exigencia de un objetivo? Porque si no tenemos antecedentes, ni referencias válidas para definir una meta que resulte alcanzable tendrá un problema de origen.

Por otro lado demasiados objetivos pueden llevar a la pérdida de foco, ocasionar ansiedad y confusión en las prioridades. Trabajar con pocos objetivos en cambio, favorece el alineamiento, permite concentrarse en lo importante y mejora notablemente la efectividad.

El hábito de la procastinación es otra forma de autoboicotearnos con los propios objetivos. Postergar las acciones para alcanzar los objetivos es un problema frecuente en muchas personas que conlleva frustración, pérdida de autoconfianza y hasta de autoestima. Pero, como todo mal hábito puede corregirse si se empieza por hacerse consciente del problema y responsabilizarse de las acciones y resultados.

Si te interesa profundizar en el hábito de procastinación te recomiendo este artículo: Procastinación.

Buenas prácticas para plantear objetivos

Cuando nos ponemos metas damos por hecho que tendremos el compromiso y la determinación para alcanzarlos. Entre otras cosas, esto requiere la decisión de darles seguimiento hasta alcanzar los resultados deseados. Sin embargo ya quedó en claro que alcanzar los objetivos requiere mucho más que buenas intenciones.

Una buena práctica es un procedimiento de rutina sencillo y claro que facilita las decisiones sobre alguna situación. Saber ponerse metas es una habilidad importante para la efectividad y la felicidad personal. Para facilitar esta habilidad te propongo 6 buenas prácticas para transformar tus objetivos en resultados.

1 – Metas pequeñas

Las metas de corto plazo tienen el poder para enfocarnos y comprometernos con un resultado que está a la vuelta de la esquina. Y como es más fácilmente alcanzable, tiene una recompensa segura. Estos objetivos de corto plazo son los que tienen el poder de modelar nuestros hábitos diarios y la mera acumulación de estos pequeños pasos nos llevan a comprobar que las viejas creencias ya están «fuera de moda».

2 – Metas simples

Tener claro el resultado a lograr es el 50% del resultado. No siempre un objetivo a lograr tiene que representar un gran avance, pero sí tiene que ser un cambio para mejor respecto de la situación anterior. Cuando la meta es clara, es más fácil de medir, por lo que las acciones y tiempos también son más sencillos, esto ayuda a registrar los avances y automotivarse.

3 – Metas flexibles

La planificación no puede ser rígida, el entorno está en permanente cambio, por eso hablamos de la agilidad como una competencia fundamental para ser efectivo en este tiempo VICA (volátil, incierto, complejo y ambiguo). Pero que sean flexibles no quiere decir que naveguemos sin brújula, esto sería demasiado peligroso.

Una meta flexible es la que se ajusta con la nueva información que vamos sumando en el camino, no necesariamente quiere decir que bajaremos las expectativas, sino que ajustaremos los tiempos en función de las restricciones, las posibilidades que veamos y la innovación que vayamos desplegando en las estrategia y las acciones.

4 – Metas iterativas

Otra característica de los procesos ágiles es la iteración, es decir los ciclos regulares de implementación, medición, aprendizaje y creación mejorada. Cuando entendemos que las metas están conectadas en un proceso iterativo, podemos entender que los errores, problemas y desafíos no solo son inevitables, sino que son una parte fundamental del camino hacia la meta.

En este pensamiento inverso, cuando nos topamos con un nuevo desafío es una constatación de que nuestra idea y nuestro proyecto necesita una evolución para seguir adelante. En este proceso es clave entonces la determinación y el coraje.

5 – Metas motivantes

Si menciono la determinación y el coraje es porque la motivación es el terreno en el que crece la semilla de la estrategia. El compromiso con las metas es generalmente fuerte al inicio y se va desgastando a medida que aparecen los problemas. Por eso el verdadero desafío es el de mantener en alto la moral, ya se trate de un emprendedor, un líder o un equipo, la mente no puede si el corazón no acompaña.

Medir y reportar los avances y reconocer las brechas entre los resultados y las metas es importante, pero también lo es festejar los avances, por pequeños que sean. Reconocer las buenas acciones y a las personas que las tomaron, identificar los buenos valores compartidos y estimular la camaradería.

6 – Mirar con otros ojos

Por último y no menos importante es crucial compartir con otros y poner a prueba nuestra visión y razonamiento. Demasiadas veces nos enamoramos de un proyecto y el entusiasmo nos vuelve ciegos a la defectos en el modelo de negocio o a las amenazas reales o potenciales. Escuchar a otras personas con miradas diferentes es indispensable, siempre y cuando se analice a partir de datos, no de supuestos o corazonadas.

¿Qué sería de nosotros si no tuviéramos sueños y metas? Una definición de la palabra ambición es «Deseo intenso y vehemente de conseguir una cosa difícil de lograr…» La ambición es un motor interno, si la cultivamos sanamente puede volverse un recurso para volvernos mejores personas y mejorar también el contexto que nos rodea.

¿Cómo te va con tus objetivos personales? Contame si te sirven estas pautas y si tenés otras ideas para lograr cumplir tus objetivos.

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